sábado, 20 de marzo de 2010
Epístola a Néfele, esclava de Píndaro
El desdichado Aristeo te escribe, cara descendiente de Tracia, marcada a hierro por nefastos mercaderes de Siria, luna de mi noche oscura, tejedora de la desconocida profecía de mi Hado, semejante a Atropos puedes tú cortarme el hilo de mi vida sucia y misteriosa: ovillo revuelto de calamidad y borrasca. Un Hefestos soy de la basura, y tú que de la espuma del Egeo, semejante a Afrodita, naciste para acostarte con el Píndaro maldito y de verga chica, similar a Ares que me hizo la guerra por tenerte como esclava, pero yo he de tenderle la trampa de la muerte traidora. Y tú vendrás a mí un día, el día más claro a mis ojos, el día más embriagante que el vino de Dionisio, y tú serás mía sin que yo pague un solo dracma, pues no hay moneda ateniense, ni tesoro más grande que el de Agamenon el atrida que valga una mirada tuya, no hay una sola diosa más bella que tú (ni las que salen del mar ni las que andan vírgenes por los montes), e igual que a Helena he de raptarte, y escaparé cobardemente como Paris porque soy espantadizo y débil, pero tú vendrás a mí y darás un beso a mi boca y yo sentiré tu caliente lengua, me darás otro beso y yo sentiré tus suaves pechos, me darás otro beso más y mis piernas separarán tus piernas, me darás un beso más y mi carne entrará en la tuya, por último yo te daré un beso tibio para que tu grito se meta en mi boca, y finalmente ya no habrá besos para que yo descanse de tu cuerpo, mientras cierro mis ojos preparado ya para morir cualquier día, porque conocerte a ti, Néfele bienamada, es lo único que le falta a Aristeo para encontrar la felicidad del mundo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario